15 febrero 2009

Ou libéré?



"Mi abuela arrojó el primer puñado de tierra sobre el ataúd mientras lo descendían. Luego lo hizo tía Atie. Luego yo. Lancé otro puñado en nombre de mi hija, que no estaba allí, pero formaba parte del círculo de mujeres de cuyas lápidas se habían elegido nuestros nombres.

Desde lo alto de la colina vi nuestra casa, entre las demás colinas y los cañales.

No pude soportar ver cómo arrojaban tierra sobre mi madre. Dí media vuelta y corrí colina abajo, delante de los demás. Noté cómo se me desgarraba el vestido mientras bajaba la colina cada vez más deprisa.
~

Había pocos hombres trabajando en los cañales. Me adentré en el campo, atacando la caña. Me quité los zapatos y comenzé a atacar un tallo. Le pegué y le pegué hasta que comenzó a doblarse. Lo empujé hasta el suelo, pero se me escapó y me golpeó el hombro. Entonces me puse a tirar de él, arrancándolo del suelo. Me sangraba la palma de la mano.

Los cortadores de caña me miraban como si estuviera poseída. La multitud del funeral ahora estaba entre los cañales, viéndome golpear y maltratar las cañas. Mi abuela sujetó al sacerdote cuando este hizo ademán de venir hacia mí.

Mi abuela gritaba como las mujeres del mercado:
-Ou libéré?- (¿Eres libre?)
Tía Atie se hacía eco de ese grito, la voz tembolorosa con los sollozos.
-Ou libéré!- (¡Eres libre!)
~

Siempre hay un lugar donde las mujeres viven cerca de los árboles, que al soplar el viento, suenan como música. Estas mujeres les cuentan historias a sus hijos, para que disfruten, y también para asustarles. Estas mujeres son linternas que se agitan en las colinas, las luciérnagas de la noche, las caras que se cierran sobre ti y recrean los mismos actos impronunciables que han vivido. Siempre hay un lugar en que las pesadillas pasan de generación en generación como reliquias. Donde las mujeres, como cardenales, regresan para verse la cara en el agua estancada.

Vengo de un lugar donde la palabra, los ojos y la memoria son uno, un lugar donde llevas tu pasado como los cabellos en la cabeza. Donde las mujeres vuelven a sus hijos en forma de mariposas o de lágrimas en los ojos de las estatuas a las que rezan sus hijas. Mi madre fue tan valiente como las estrellas del alba. Ella también procedía de este lugar. Mi madre fue como esa mujer que no podía parar de sangrar, la que cedió su dolor para vivir como mariposa. Sí, mi madre fue como yo.

Desde el interior del cañal, hice todo lo que pude para decírselo, pero las palabras no me salían. Mi abuela se me acercó, me puso la mano en el hombro.

-Escucha. Escucha antes de que pase. Paról gin pié zél. Las palabras pueden darle alas a tus pies. Hay mucho que decir, pero ya no te queda tiempo-dijo-. Hay un lugar en el que se entierra a las mujeres con ropas de color de fuego, donde se echa café en el suelo para aquellos que se nos adelantaron, donde la hija no es del todo mujer hasta que su madre ha pasado a mejor vida. Siempre hay un lugar donde, si escuchas la noche atentamente, oirás a tu madre contar una historia, y cuando acabe te preguntará: "Ou libéré?; ¿Eres libre, hija mía?"

Rápidamente, mi abuela me puso un dedo en los labios.-Ahora-dijo-, ya sabrás cómo responder."


Palabra, ojos, memoria. Edwidge Danticat. Fragmento.

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