26 mayo 2009

Desde el principio

Una vez leí una novela de un autor latinoamericano en la que se hablaba sobre una mujer que acostumbraba recortar fotografías de su hijo desaparecido para pegarlo después en otras fotos con ella, con otras personas o en lugares en los que no había estado, de manera que, al menos en las fotos, existían esos momentos eternos en esos lugares y tiempos que nunca fueron.

Lo primero que vio cuando llegó de la universidad (estudia una licenciatura en lenguas hispánicas), al entrar a la casa, fue el mar de revistas, recortes, pinturas y demás cosas que me rodeaba. Estaba sentada en el suelo de la sala, entre dos grandes sillones negros, con un recorte de papel amarillo en la mano y un pincel con pegamento blanco en otra.
-¿Qué haces?- quiso saber, mientras observaba atónito mi desorden artístico.
-Nada- contesté sin restar atención al trozo de revista amarillo que acomodaba cuidadosamente sobre un gran pedazo de papel azul, que en una esquina tenía sobrepuesto un pequeñito brochazo anaranjado y en el centro la frase “Going public” (que recorté de Wonder Time o alguna otra revista gringa de las que guardo en la caja que dice “Revistas para recortar” y que en ése momento se encontraban desperdigadas sin ton ni son en la bonita alfombra anaranjada de James.
-Que nada tan interesante- comentó, al tiempo que examinaba concienzudamente mi obra inconclusa y al ver la superficie del lienzo repleta de pintura, papel, y otros materiales, preguntó: -¿Te falta mucho para terminarlo?-
-No lo sé- dije, con la mente aún dispersa -Le falta algo, pero aún no descubro qué- Analicé mi trabajo y unos instantes después añadí: -Siempre queda algo por plasmar, lo cual es encantador, pero este vacío es más grande de lo que debería ser-
-Leí algo parecido en un libro que se llama “La sociedad mental” es de…
-Fernández Christlieb- interrumpí
-Sí- Sonrío y a continuación se alejó caminando hacia la cocina.

Dos horas más tarde yo sigo intentando decir lo indecible, ahora con piedrecitas color púrpura y UHU. De repente, escucho desde su recámara el suave y alegre flotar de unas notas semi-blueseras que brotan de sus dedos que tocan -sin tocar- el piano y su voz cantando -sin cantar-

Ella…
Ella en amarillo.
Ella y no alcanza el silencio.
Ella y el
torrente de colores que no saben cantar.


Escucho -sin escuchar- y me pierdo en la sensación. Tomo un pincel que está tirado cerca de mí entre el remolino de cosas y escojo algunos verdes y amarillos de entre los acrílicos, los mezclo en una hoja de periódico y comienzo a dibujar una de mis espirales.

Al pensar en la espiral y en todo lo que significa para mí- aquello que seguía y que sigue y que seguirá, aún si dejo de pintarlo en verde, y que es todo y es nada, y soy yo y eres tú- comprendo como debieron ser las cosas.

Busco entre mis fotos y encuentro una de hace tres años, cuando recién nos conocíamos. Estamos riendo y abrazados, junto con Ricardo (a mi derecha), y Sebastián y Antonio (a su izquierda): estábamos en la fiesta del cumpleaños número veintidós de Estela. Nos vemos felices, pero no lo éramos -aunque no sabíamos que no lo éramos- Yo tenía quince y el dieciocho. Yo con drogas y sangre, el con sangre y drogas. Recorto su figura de otra fotografía, que es de hace dos semanas, cuando fuimos a escalar. Voy a mi habitación (la cual era su “cuarto de libros” antes que yo viviera con él) y encuentro mi cámara instantánea; tomo un retrato de mí entre un caos de papel, pegamento, botecitos de óleo y acrílicos… recorto el fondo de la imagen y nos pego a los dos (yo sobre mí misma en versión gótica, y él sobre sí mismo en versión metalera) al lado de nuestros amigos y después la nueva foto - ése nuevo recuerdo, que nunca fue, pero ahora sí es- sobre la espiral color verde infinito.

Es la misma fiesta: Ricardo, Yo, James, Sebastián y Antonio festejando a Estela. Pero él y yo somos como debimos ser desde el principio.

20 mayo 2009

Cuando te encargan tareas chidas y aprendes algo

[…] es que la cultura nos influye y compete a todos: cultura es todo lo que somos, vivimos y hacemos, es aquello que nos identifica -y de hecho, podría decirse, es lo que nos hace- humanos.

[…] de ahí la importancia de identificar en mi propia vida y experiencia la influencia-positiva y negativa-de mí cultura y las que me son ajenas. Este punto en especial me llamó bastante la atención, ya que me dí cuenta que aunque la cultura es algo que se hereda, algo que viene en conjunto con el lugar donde vivimos y las personas con las que crecemos, también es algo que se aprende, y se puede analizar, debatir, e incluso se puede estar en desacuerdo. Por tanto, si uno analiza la cultura propia y la compara con otras puede llegar a un aprendizaje significativo de los puntos “positivos y negativos” (por decirlo de una manera) de cada cultura, lo que lleva a una adopción de los hábitos y costumbres deseadas, y la eliminación o neutralización de las indeseadas, lo que conlleva una mejora como humano, o incluso -si el aprendizaje se da en un nivel de sociedad- una mejora como humanidad.

Otra conclusión a la que llegué es que sí cada cultura se desarrolla influida por el contexto biológico, físico, climático –en resumen, con factores externos a los que le competen a la mente humana-, y por tanto es la expresión de la adaptabilidad del humano a su entorno, no hay culturas mejores o peores, simplemente diferentes, y por esto se exige del hombre -en la definición de la UNESCO como el ser racional, crítico y ético- una aceptación, más no adopción, que lleva a la tolerancia y respeto hacia toda aquella cultura distinta a la propia.