"Siempre hay un lugar donde las mujeres viven cerca de los árboles, que al soplar el viento, suenan como música. Estas mujeres les cuentan historias a sus hijos, para que disfruten, y también para asustarles. Estas mujeres son linternas que se agitan en las colinas, las luciérnagas de la noche, las caras que se cierran sobre ti y recrean los mismos actos impronunciables que han vivido. Siempre hay un lugar en que las pesadillas pasan de generación en generación como reliquias. Donde las mujeres, como cardenales, regresan para verse la cara en el agua estancada.
Vengo de un lugar donde la palabra, los ojos y la memoria son uno, un lugar donde llevas tu pasado como los cabellos en la cabeza. Donde las mujeres vuelven a sus hijos en forma de mariposas o de lágrimas en los ojos de las estatuas a las que rezan sus hijas. Mi madre fue tan valiente como las estrellas del alba. Ella también procedía de este lugar. Mi madre fue como esa mujer que no podía parar de sangrar, la que cedió su dolor para vivir como mariposa. Sí, mi madre fue como yo. [...]
Hay un lugar en el que se entierra a las mujeres con ropas de color de fuego, donde se echa café en el suelo para aquellos que se nos adelantaron, donde la hija no es del todo mujer hasta que su madre ha pasado a mejor vida. Siempre hay un lugar donde, si escuchas la noche atentamente, oirás a tu madre contar una historia, y cuando acabe te preguntará:
-"¿Eres libre, hija mía?"
Palabra, ojos, memoria. Edwige Danticat. Fragmento.
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