25 octubre 2010

Sabores, alimentos y sociedad

"–Tráigame una botella de agua con agujeritos.
–¡Ah! –dijo el mozo–. Ya sé... De esa agua con calambre que sabe a pie dormido."

[Gómez de la Serna, Ramón "Greguerías". Editorial Castalia, 1994. p. 115.]

Siempre que se habla de las impresiones que nos causan distintos estímulos frecuentamos recurrir a la frase de que “en gustos se rompen géneros” y esto debido a que para toda clase de estímulo (olores, sabores, texturas…) hay grados de agrado/desagrado dependiendo de cada persona. Un aroma, imagen o sonido puede gustarnos o no y al mismo tiempo causar una impresión distinta en otra persona.

Algunas personas tienen unos u otros sentidos más desarrollados que otras. En mi caso soy extremadamente sensible a los olores, los cuales no solo me provocan atracción o repulsión, sino que me evocan recuerdos o sensaciones físicas más allá del sentido del olfato. Agregado a esto, también tengo un sentido del gusto bastante más excitable que el de la mayoría de la gente que conozco: me encanta experimentar con combinaciones innovadoras de sabores, cocina extranjera, inventar platillos o simplemente degustar contemplativamente –por decirlo de alguna manera- el gusto de la comida y tratar de adivinar “qué tiene” algún platillo nuevo que consuma.

Algo en lo que he estado pensando últimamente surgió después de preguntarme a qué sabe la Coca-Cola (de la cual no soy muy fan y bebo poca) y hallarme describiendo su sabor como burbujeante, como de metal, como el agua mineral de Gómez de la Serna…y darme cuenta que no sabe “rico”, no sabe a nada comestible. Lo cual me provocó meditar y traer a la memoria aquellos sabores que me son conocidos y que aunque son casi universalmente alabados y buscados, creo que su fama se debe más al convencimiento social de que saben bien, que del propio sabor.


Al escribir esto estoy tomando en cuenta el hecho de que los sabores que a mi me resultan desagradables pueden gustar a otras personas.

Sin embargo, este post va más encaminado hacia la influencia social que nos enseña que algunos sabores saben bien, o de aquellos que aun cuando su gusto es -por decir lo menos- extraño y hasta cierto grado desagradable son bastante consumidos. Mi pregunta es ¿hasta qué grado consumimos o gustamos de estos alimentos por su sabor y hasta dónde llega el aprendizaje social al decirnos que algo sabe bien o mal?

Uno de las bebidas que más consumo, que más disfruto y que considero de las más universalmente aceptadas es el café. Son poquísimas las personas que conozco de las que he escuchado un “no me gusta tomar café” Ahora bien ¿qué tan bien sabe el café? Dejando de lado el hecho de que sea muy consumido por sus propiedades estimulantes ¿porqué habríamos de querer beber una bebida tan amarga? Es cierto que los cafeínomanos gustamos de su aroma y su sabor, pero ¿qué tanto de nuestro gusto es aprendido y qué tanto es real gusto físico (el captado por nuestras papilas gustativas? Si no hubiésemos crecido observados a otros bebiendo grandes cantidades de café, dependiendo de él para despertarse en las mañanas o alabando su sabor ¿seguiría gustándonos?

Como ya mencioné, otra bebida sobre la cual he llegado a la conclusión de que no sabe bien es la Coca-Cola y en general los refrescos gasificados sabor cola. Les he preguntado a otras personas y ni siquiera sabemos a que sabe, pero “gusta” ¿Cuánto de ese gusto se debe a las campañas publicitarias que vemos a diario diciéndonos que es cool consumir estos refrescos?

Un alimento que consumimos demasiado en México es el chile o picante en todas sus variedades el cual es acompañante infaltable de prácticamente todas las mesas mexicanas (en la mía no) el cual desde pequeños nos dan de comer “para que se acostumbre” lo cual muestra el hecho de que si no nos enseñaran que es bueno o necesario comerlo no nos gustaría. Así, pasa que cuando alguien extranjero o no acostumbrado al picante lo prueba se queda desagradablemente sorprendido por sus efectos y al igual que yo se pregunta ¿cómo o por qué comemos eso?

Mis ejemplos favoritos eran el alcohol y el tabaco que aunque literalmente saben horrible son consumidos por millones de personas a grados abusivos, pero creo que en el caso estas dos sustancias aparte del factor social influyen las características altamente dopantes y adictivas de ambas sustancias. Eso sin mencionar que de la cafeína, antes mencionada, se cree que puede llegar a causar adicción, por sus atributos estimulantes (muchos refrescos contienen cafeína).

Estos y otros ejemplos y el observar las actitudes, costumbres y gustos de las personas a mi alrededor me ha llevado a la conclusión de que independientemente de su buen o mal sabor hay alimentos, bebidas y sustancias que consumimos en gran medida por que la sociedad (familia, amigos, publicidad…) nos ha enseñado que saben bien, son buenos, o son signos de estatus –como el consumo de diversas variedad de café y vinos (alcohol)-.

Ahora el otro lado de la moneda: dando por sentado la influencia que ejerce la sociedad en la persona hasta cierto grado para aceptar o rechazar un alimento ¿Por qué no aprovecharla –sobre todo como padres-para inculcar en nuestros hijos el gusto por la comida sana? Es bien sabido que a los niños que no se les acostumbra a comer vegetales, frutas y demás alimentos sanos y nutritivos conforme van creciendo suelen carecer del aprecio gustativo hacia esos alimentos aun en su adultez, lo cual puede ocasionar carencias nutritivas; así mismo: los niños que son acostumbrados a comer la llamada “comida chatarra” aún desde muy pequeños son propensos a desarrollar malos hábitos de alimentación y la negación a comer, por ejemplo, vegetales.

Creo que el fomentar el consumo de comida sana en los niños es una mejor aplicación del condicionamiento social en cuanto a la alimentación y degustación de lo que comemos/bebemos que, por ejemplo, las bebidas/alimentos que menciono en el post y que en su mayoría no solo realmente no saben tan bien, sino que podrían llegar a ser nocivos.

2 comentarios:

May dijo...

También me gusta experimentar nuevos sabores, y el café que tanto amo, tengo que aceptar que es más por sus efectos que por su sabor.

Sizu Yantra dijo...

Si Edith, una vez mas concuerdo contigo, y me lo había preguntado, ¿cuanto de lo que comemos realmente nos gusta por su sabor?
En lo personal en la oficina me consideran muy extraño, por que casi no bebo café, no me gusta, prefiero un te o algo un poco mas dulce. Y eso que mi señor padre toma cantidades exageradas de café.
Con el picante es lo mismo, me gusta pero en cantidades mínimas , en cantidades donde no altera del todo el sabor propio del alimento. Cuando algo es muy picoso, prefiero no comerlo, aparte de por la enchilada que me doy, por que no me permite degustar el sabor del alimento.
Cuando era adolescente, mis amigos fumaban así que quise ser como ellos, y aprendí a fumar, nunca me gusto, me mareaba, me daba nauseas,pero aun así lo hacia, no se, hasta que acepte la realidad, no me gusta fumar y punto. Actualmente no lo hago.
A lo que quiero llegar, es que si bien la sociedad, familia y amigos intervienen mucho en el proceso de lo te gusta comer y beber, no es un patrón obligatorio repetir lo que ves o que te enseñan. Muchas cosas las hacen mis padres y yo no las hago. Cada individuo al final de cuentas debe forjar su propia manera de ser y sus propias preferencias.
Aunque algún pecado debo tener, y es la maldita coca cola, que no me puede faltar a la hora de la comida, aunque como dices creo que la bebo mas por el habito, que por el sabor...
¿y tu Edith, no tienes un alimento que digas, lo consumo mas por habito o costumbre que por el sabor?
Saludos y que estés bien!!