24 noviembre 2010

Recomendación.- El curioso incidente del perro a medianoche, Mark Haddon.

"El curioso incidente del perro a medianoche" nos es presentado como un thriller protagonizado por un adolescente de 15 años que padece síndrome de Asperger, (que es una especie de autismo moderado caracterizado por la incapacidad de sentir empatía y comprender el mundo social en el que se desarrolla la persona y en muchos casos va acompañado de una capacidad abstracción, retención y racionalización de otro tipo de información -lógica, sistemática, matemática- sorprendente).

"Me llamo Christopher John Francis Boone. Hace ocho años, cuando conocí a Siobhan, me enseñó este dibujo :( y supe que significaba «triste», que es como me sentí cuando encontré al perro muerto. Luego me enseñó este dibujo :) [...] Después hizo otros dibujos ;) :@ :/ :O pero no supe decir qué significaban. Pedí a Siobhan que me dibujara más caras de ésas y escribiera junto a ellas qué significaban exactamente. Me guardé la hoja en el bolsillo y la sacaba cuando no entendía lo que alguien me estaba diciendo[...] Cuando le conté a Siobhan lo que hacía, sacó un lápiz y otra hoja y dijo que probablemente eso hacía que la gente se sintiera muy :S [...] Así que rompí mi hoja y la tiré[...] Ahora cuando no sé qué me está diciendo alguien le pregunto qué quiere decir o me marcho."

Cuando Wellington -el perro de la señora Shears- aparece muerto Christopher, de 15 años decide averiguar quien lo asesinó. Al tiempo que reúne pistas e interroga a sus vecinos escribe todo en un libro (que en teoría es el libro que nosotros leemos) Sus pesquisas lo llevan a descubrir algunos secretos familiares y meterse en unos cuantos líos que lo obligan a desequilibrar su mundo racional y sistematizado.


Hace más o menos un compañero de trabajo me recomendó leer esta novela corta y por una y otra razón no me había animado a hacerlo. En parte porque el título no se me hacía tan llamativo y de alguna manera pensaba que era una novela para adolescentes.

Ciertamente está escrita en un lenguaje muy simple y comprensible, desde el punto de vista de Christopher. Tampoco tiene saltos de tiempo, o complicadísimos embrollos argumentales. No. Es lógica y fluida como los pensamientos del protagonista. 

Aunque no lo pareciera, el estilo narrativo y la historia te atrapan de tal manera que combinado con el excelente ritmo que no se pierde en ningún momento y el hecho de que no es una novela muy larga hacen que cuando menos te des cuenta (en mi caso en una sola tarde) ya la hayas terminado.

En cuanto a la historia y los personajes debo confesar que Christopher es el protagonista más simpático que he leído últimamente. Algo curioso del libro es que la narración salta entre temas aparentemente inconexos, pero que no son del nada molestos. El joven de 15 años nos lleva a través de su mundo y nos muestra cómo el ve y entiende las cosas: lo mismo nos platica/enseña algo sobre física o luego nos describe como él considera que ver pasar cinco coches rojos seguidos significa un día super bueno, cuatro coches rojos, un día bueno y, tres coches rojos, bastante bueno; pero cuatro coches amarillos seguidos significan un día negro, lo que significa que no hablará con nadie ese día, solo leerá y no correrá riesgos. No miente jamás porque no entiende las mentiras, al igual que es incapaz de expresar algo que no haya vivido. No entiende las metáforas, no come nada que sea marrón o amarillo, no sabe interpretar las emociones en un rostro, no soporta que le toquen, ni que se muevan los muebles de sitio, y gime y grita cuando se encuentra en lugares con mucha gente. Le gustan los números primos y sabe las capitales de todos los países del mundo. Sencillamente adorable.

Se los recomiendo bastante: es increíble como de una manera indirecta y valiéndose de la voz de Christopher, Mark Haddon logra hablar de cosas tan humanas o de las cuales no nos damos cuenta.

En México lo pueden conseguir en librerías Gandhi. Espero que lo consigan y lo disfruten.

22 noviembre 2010

Recomendación.- Escalvas del poder, Lydia Cacho

Esta semana terminé de leer "Esclavas del poder" de Lydia Cacho el cual es un excelente libro: muy crudo, directo, revelador y honesto.

A largo de sus páginas, Cacho nos lleva por un recorrido a través de varios países (entre ellos Israel, Birmania, Argentina, Turquía, Japón, Palestina, y algunas zonas de México como Cancún y Monterrey) y nos introduce al mundo de la trata sexual de mujeres y niños.

El libro está conformado por información de todo origen y forma: desde estadísticas y datos que son por demás perturbadores, hasta los aún más crudos testimonios de víctimas, sobrevivientes y trabajadores de albergues, refugios y organizaciones civiles contra la trata; así como la bitácora de los viajes de la autora en su búsqueda por rastrear las rutas de la trata humana a lo largo y ancho del mundo, sus tratos y encuentros con mafias, proxenetas y representantes del gobierno.



"Esclavas del poder" nos confronta con el lado oscuro de la prostitución y la pornografía desde una postura informada y racional. Nada de prejuicios conservadores y religiosos, pero tampoco de las ideas que venden los promotores y defensores de el negocio sexual. Es un grito contra la impunidad de gobiernos, políticos y autoridades enterados, inmiscuidos y consumidores de los "productos" en los que se convierten las mujeres y niños explotados.

Así mismo, Lydia Cacho hace un llamado a los hombres: a ejercer una nueva masculinidad libre de la cosificación a la que someten a las mujeres, del machismo en su forma más arraigada (la inconsciente), a la insensibilidad del consumidor, a la impunidad y la mirada ciega que prestamos como sociedad. Un llamado a dejar de pensar que "están allí porque a ellas les gusta" o "porque nació para ser puta"

Es un libro que recomiendo bastante para toda aquella persona que quiera abrir los ojos a una realidad que estamos habituados a no ver o a ignorar. Todos los hombres deberían leerlo y sorprenderse dando las mismas excusas que menciona la autora. Recomendable no como entretenimiento, sino como una herramienta para analizar y empezar a investigar, cambiar nuestra mentalidad y la forma como vemos el negocio del sexo y actuar en pos de la libertad de cientos de mujeres y niños.

17 noviembre 2010

La espera.

No hay gloria, ni marido, ni hijos después de la muerte. Solamente tu hedor y el dolor de una espalda recostada sobre la madera cada día más mohosa de tu ataúd. Por los días de los días, hasta la eternidad.

Horas que pasan lentas y sosegadas unas tras otras. Como visitas al dentista: recostada con las manos sobre el pecho esperando algo que no sabes qué. Acaso el crujir del cajón, el lento excavar de algún insecto horadándote las entrañas y los recuerdos.

La humanidad ha gastado su historia entera dilucidando, imaginando y preguntándose si hay vida después de la muerte: algunos esperábamos el cielo y temíamos el infierno. Algunos dicen que no existe un después y en cierta manera tienen razón. No hay nada, salvo tú. Es como irte a la cama y despertar tres metros bajo tierra. No hay paz o fuego eternos. Somos la misma bola de carne, efluvios y gases, pero fétidos y en fermentación. Tampoco es que duela, es como la caída del pelo, el crecer de las uñas.

Si hay flores sobre mi, no puedo verlas, si alguien me recuerda, no puedo saberlo. El amor a pesar de la ausencia no alcanzo a sentirlo. O más bien ¿será que no siento nada? El desvanecido recuerdo de algunas voces, caras, nombres y no más. No me despiertan, remueven o tocan alguna fibra. No hay amor, tristeza ni odio. No hay serenidad ni quietud: solo esperar sin impaciencia, repostar sin descansar, estar conciente sin estar despierto y miles de ideas intrascendentales viniendo a tus pensamientos.

Hay una lombriz cerca.
Un sonido hueco a lo lejos, pudiese ser un caminante o una bomba y daría igual.
Gotas de agua que se filtran de vez en vez.
Raíces de plantas o árboles escarbando aquí y allá.
Otro tendón que se desprende, otro hueso que se asoma.

No hay dinero, ni logros, ni homenajes póstumos. Al menos no alguno que pueda ver, sentir o agradecer. ¿Será así con todos los muertos? Si tan solo yaciera en algún lugar menos aburrido. Porque hasta para la lenta inexistencia hay niveles de aburrimiento. Tampoco es que me importe mucho.

Aguardo el día o noche en que por fin mi podedumbre se desintegre completamente, es el último recurso: si después de eso sigo existiendo aguardaré la eternidad en este estado de sopor, pero si la piedad, la justicia o Dios existen al menos con mi última célula degradándose morirá mi conciencia.





04 noviembre 2010

Cosas II

"Los objetos de mi apego, de mi aversión y de mi ignorancia -amigos, enemigos y extraños, mi cuerpo, riquezas y placeres- ofrezco todo esto, sin ningún sentimiento de pérdida."

[Oración budista]

Anteriormente escribí un post sobre la relevancia sentimental que pueden llegar a adquirir los objetos a nuestro alrededor, sobre como los insuflamos con nuestra energía y dejan de ser objetos cotidianos, para convertirse en cosas relevantes para nuestra vida. Y cito una de mis frases favoritas de Fernández Christlieb a la que llamo "imagen de la silla-abuelita". Sería bueno que lo leyeran para adentrarse en el trasfondo de este post.

Actualmente y conforme he ido viviendo cosas, viviendo en casas y dejando cosas creo que he cambiado un poco y en cierto sentido mi forma de pensar.


Sigo pensando que hay cosas que tienen un valor infinito que les hes otorgado por la cantidad de historia y recuerdos que depositamos en ellos. Hay objetos que tienen mucha más vida y relevancia para nosotros que la chica con mochila que nos topamos en la calle por la mañana. Conservo ese dejo de nostalgia que me inunda a veces y me hace extrañar las cosas que he perdido: ropa, fotos, discos, libros, obsequios...


Si en algo he cambiado mi forma de pensar y mis sentimientos es en que ahora más que nunca sé que sin importar cuánto importe un objeto nunca dejará de ser eso: una cosa, con o sin memoria, pero una cosa al fin. Y hoy por hoy me deprendería con gusto de mis objetos amados si fuese necesario.

No porque no importen, no porque no tengan recuerdos, sino porque las objetos -al igual que algunas personas- nos anclan al pasado y muchas veces no nos dejan ser libres. Aunque hay sentimientos y memorias mezcladas, creo que tiene que ver con el materialismo, con la incapacidad de definirnos en base a nosotros mismos y más bien depender de estas cosas y gente a nuestro alrededor. "Soy fulanito, tengo esto, soy amigo/novio/esposo/hijo de tal." La autodescripción más sincera que he leído decía "Soy fulanita y se hacer barquitos de papel, lo demás es irrelevante"

De ninguna manera estoy diciendo que cosas como un trabajo, estudios, dinero, y las relaciones no sean importantes, después de todo a la hora de ir a hacer el súper uno no paga con recuerdos, que yo sepa, la esperanza no mata el hambre y el desarrollo pleno como humano no se logra sin relaciones. Pero con lo que no estoy de acuerdo es con depende de esas cosas/personas para realizarse como personas. Lo que trae a mi mente una frase de Fernando Vallejo, en su libro El Desbarrancadero:

[Sobre el deseo de las mujeres de ser madres] "¡Ay, que dizque si no los tienen no se realizan como mujeres! ¿Y por qué mejor no componen una ópera y se realizan como compositoras?"

El punto es que las cosas, como casi todo en la vida no son eternas y constantes y deberíamos a aprender a ser completos por nosotros mismos y no en base a cosas o personas. No estoy en esa situación y preferiría no estarlo, pero si dadas la circunstancias tuviese que dejar de nuevo todas mis cosas, lo haría sin ningún sentimiento de pérdida, consiente de que lo que soy yo está dentro de mí y no depositado en objetos.

Aclarando que una cosa es un poco de nostalgia y otra diferente es obsesionarse con las cosas que ya no tenemos, como solía pasarme. Algo relacionado con esto que menciono es la obsesión con el dinero y las adquisiciones materiales, de las cuales también me siento liberada, pero eso merece otro post que prometo escribir pronto.

¿a cuántos de los libros, vestimentas, películas, discos, fotos, muebles, recuerdos y adornos que tenemos estaríamos dispuestos renunciar?

Monstruos Invisibles, Chuck Palahniuk.

"El fotógrafo dice en mi cabeza:
Dame rabia.
Flash.
Dame venganza.
Flash.
Dame una retribución total y absolutamente justificada.
Flash."

[Variación del casi mantra al que Palahniuk recurre durante toda la novela.]



"Monstruos invisibles" nos cuenta la historia de Shannon que "parece tenerlo todo en la vida: belleza, fama, un novio, una gran amiga...pero cuando un "accidente" la deja completamente desfigurada e incapaz de hablar, pasa de ser un hermoso centro de atracción a convertirse en un monstruo invisible, tan horrible que nadie parece percatarse de su existencia. Nadie, salvo Brandy Alexander, un transexual a quien conoce en el hospital y que le ofrece la oportunidad de encontrar su nuevo destino, a partir de olvidar su pasado y construirse infinitos y simultáneos presentes. Así, tras secuestrar a Manus, su actual ex novio", partirán en un viaje desenfrenado alrededor de los Estados Unidos.



El libro llega gustar y atrapar, pero lo logra en base a la reutilización del "estilo Palahniuk": frases cortas, narrador en primera persona y cronología en desorden. Así mismo el autor nos obsequia, como antes, el uso de personajes atípicos, desparpajados e irreverentes, temáticas polémicas y situaciones extremas. Lo usual en él.

Las virtudes narrativas y los recursos literarios a los que recurre Palahniuk son evidentemente buenos, pero en este, como en otros de sus libros, los sobre-explota a tal grado que simplemente el libro queda como una obra buena, no relevante y hasta cierto grado previsible. Y no me refiero a la historia, que es interesantísima, fuerte y acongojante, sino al estilo con que nos es presentada: bastante Palahniuk. Bastante y no para bien. Aun si no se han leído otras novelas del autor, es evidente la pesadez que llegan a provocar sus vicios/virtudes literarias cuando se usan desmedidamente.

No es un mal libro, de hecho es bueno, más no excelente. Muy entretenido y disfrutable, sobre todo si se gusta de las historias fuertes y poco conservadoras: esas historias sin principio ni final feliz.